Puerto de San Antonio, Región de Valparaíso, Chile
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Presidente Piñera reafirma candidatura de Chile al Consejo de Seguridad y plantea reformas al organismo

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 Martes, 24 de septiembre de 2013

Durante su intervención en el 68º Período de Sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas, el Jefe de Estado llamó a ampliar el número de “miembros permanentes y no permanentes, asegurando así una debida representación regional y también el fortalecimiento y transparencia de sus métodos de trabajo y su forma de tomar decisiones, a fin de dotarlo de mayor eficacia y mayor legitimidad en su acción”.

Asimismo, apoyó la incorporación de “Brasil, Alemania, Japón e India como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y así también apoya la demanda del continente africano por contar con una justa representación en esta Organización. Nos sumamos también a los llamados para que los 5 países que gozan de derecho a veto en sus resoluciones, se abstengan de utilizar este veto en situaciones de crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra, genocidio o limpieza étnica”.

Al recordar que, hace pocos días se conmemoraron 40 años del Golpe de Estado, y que pronto se cumplirán 25 del triunfo del No en Chile, indicó a los asistentes que “el desafío, en consecuencia, no es olvidar, sino superar el pasado con una disposición nueva, positiva, cargada de esperanza y buscando aprender de las experiencias del pasado para evitar cometer los mismos errores”.

A continuación, la transcripción completa del discurso del Mandatario:

“Muy buenos días señor Presidente,
Señor Secretario General,
Estimados colegas Jefes de Estado y de Gobierno,
Señoras y Señores:

Quiero, en primer lugar, felicitar al Presidente señor John Ashe, destacado servidor público proveniente de nuestra región, por su reciente elección para presidir esta Asamblea General de Naciones Unidas.

También quisiera expresar mi más sentida solidaridad al pueblo y al gobierno mexicano, por los temporales que han afectado gravemente a ese país, y al pueblo y al gobierno de Kenia, por los actos terroristas que tan duramente los han golpeado.

Quisiera también destacar que durante este período de sesiones, los Jefes de Estado y de Gobierno provenientes de todos los rincones del mundo, tenemos la oportunidad de intercambiar opiniones, compartir experiencias y, lo más importante, generar esos impulsos tan necesarios para construir juntos un mundo a la altura de las expectativas y merecimientos de los habitantes que componen nuestros pueblos.

A fin de cuentas, la inspiración que llevó a la fundación de estas Naciones Unidas, hace ya casi siete décadas, fue precisamente contar con un lugar que pudiera “armonizar los esfuerzos de todas las Naciones para alcanzar la paz y el desarrollo”. Y un lugar en que todas las personas, naciones y pueblos –cualquiera sea la bandera que honren, el Dios que adoren o las ideas que abracen– puedan sentirse parte de una gran familia, la familia humana.

Y esto exige muchas cosas, pero ninguna tan importante como mantener abierto un diálogo franco y directo, que lejos de temerle al disenso, lo valore y se nutra de él, porque entiende que sólo si las distintas naciones y culturas sumamos nuestros esfuerzos, también podremos ver multiplicarse nuestras oportunidades.

Señor Presidente:

Estamos en un mundo nuevo, muy distinto a aquel que vio nacer a estas Naciones Unidas y a otros organismos como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, al término de la II Guerra Mundial, y este mundo nuevo no es hijo de la guerra ni tampoco de las luchas ideológicas que la sucedieron, durante esa segunda mitad del siglo XX, sino que este mundo es hijo de una nueva revolución, la revolución del conocimiento, la ciencia, la tecnología y la información, que desde hace ya varios años está golpeando nuestras puertas y abriendo oportunidades de progreso material y espiritual para millones de hombres y mujeres en el mundo entero, que muy pocos pudieron haber imaginado hace tan sólo algunos años.

Este mundo nuevo ya no está dividido por muros ni cortinas de hierro, sino que está conectado e integrado por los puentes que significa la creciente globalización y el intercambio masivo de bienes, servicios, capitales y personas, que caracteriza al mundo actual.

Y, sin duda, también este mundo enfrenta peligros, desafíos y oportunidades que son nuevos, y que en muchos casos trascienden las fronteras y jurisdicciones de cada país y, por lo mismo, para enfrentarlos cuesta distinguir dónde termina la responsabilidad de unos y dónde comienza la responsabilidad de otros, y sólo podremos enfrentar con éxito estos desafíos y estos problemas, si lo hacemos con la fuerza de la unidad de todos y con la responsabilidad de cada uno.

Pero a pesar de que sabemos que vivimos en un mundo nuevo y que cambia a pasos agigantados, muchas veces nuestras organizaciones internacionales parecen resistirse a la evolución que este mundo exige, y de esta forma se van quedando rezagadas y no van liderando este proceso.

El artículo primero de la Carta de Naciones Unidas señala que su misión primordial es “mantener la paz y la seguridad internacional, fomentar las relaciones de amistad entre las naciones y promover la cooperación internacional en el campo económico, social, cultural y humanitario”, y por supuesto, el respeto irrestricto a los derechos humanos y la protección permanente de las libertades humanas, sin ninguna distinción de raza, sexo, idioma o religión.

Pero seamos claros, ninguno de éstos son anhelos exclusivos de una nación, de una época ni de una organización determinada, todos ellos emanan de lo más profundo del alma y el corazón de cada ser humano. En consecuencia, no estamos aquí sólo para proclamar su valor o existencia, sino que para asegurar su cumplimiento y vigencia.

Nuestro llamado, en consecuencia, no es a modificar ni menos a olvidar esos valores, sino que todo lo contrario, a tener la voluntad y el coraje para ponerlos en práctica. Y para ello, es fundamental perfeccionar nuestras democracias, fortalecer la participación de nuestros pueblos, pero también modernizar nuestras organizaciones regionales y globales, tarea en que todos sabemos, aún nos queda un largo camino por recorrer.

Y un buen punto de partida para ello es avanzar hacia una verdadera y profunda reforma del Consejo de Seguridad de esta Organización, para que contemple la ampliación de sus miembros permanentes y no permanentes, asegurando así una debida representación regional y también el fortalecimiento y transparencia de sus métodos de trabajo y su forma de tomar decisiones, a fin de dotarlo de mayor eficacia y mayor legitimidad en su acción.

En este sentido, mi país, Chile, que el año 1945 concurrió a la formación de estas Naciones Unidas, apoya la incorporación de Brasil, Alemania, Japón e India como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y así también apoya la demanda del continente africano por contar con una justa representación en esta Organización.

Y nos sumamos también a los llamados para que los 5 países que gozan de derecho a veto en sus resoluciones, se abstengan de utilizar este veto en situaciones de crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra, genocidio o limpieza étnica, puesto que la utilización del veto en estos casos quita o resta eficacia a este Consejo en la defensa de estos valores que son fundamentales para la buena marcha de la humanidad.

También creemos que la reforma a este Consejo no se agota sólo con el cambio en su composición y orgánica, exige dejar atrás la lógica de los vetos y reemplazarla por la lógica de las mayorías calificadas, de forma tal que las decisiones más relevantes en el campo de la seguridad internacional, que inevitablemente terminan por afectar a todos los países, puedan ser tomadas en forma verdaderamente representativa de la comunidad de todas las naciones que componen estas Naciones Unidas.

Al fin de cuentas, si abogamos por la democracia, el diálogo y la participación a la hora de gobernar nuestros propios países, debiéramos abogar por los mismos principios a la hora de organizar la forma en que se gobierna estas Naciones Unidas.

Señor Presidente:
Quiero aprovechar también mi presencia en esta Asamblea para agradecer y valorar las múltiples muestras de apoyo en favor de la candidatura de Chile como integrante no permanente de este Consejo de Seguridad por los próximos dos años y reafirmar nuestro más sólido y firme compromiso con los principios y valores que han regido y orientado por décadas nuestra política exterior. Y entre ellos destaco especialmente el respeto irrestricto al derecho internacional, la inviolabilidad de los tratados, la igualdad jurídica entre los Estados, la solución pacífica de las controversias y la autodeterminación de los pueblos, todos valores que constituyen las bases esenciales de la estabilidad internacional y de la coexistencia pacífica entre las naciones, pero que, en nuestra opinión, han de ser complementados también con el principio o la noción de la “responsabilidad de proteger”. Esta responsabilidad de proteger considera como un deber primario de cada Estado proteger a la población dentro de sus fronteras, y si un Estado no puede o no quiere cumplir con este deber primario, entonces la comunidad internacional puede y debe intervenir sobre la base de tres pilares reconocidos por todos: el de prevención, el de apoyo y el del uso proporcional de la fuerza, de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas, y uso de esta fuerza como última instancia y cuando sea estrictamente indispensable para prevenir, evitar o detener genocidios, crímenes de guerra, desapariciones étnicas o crímenes de lesa humanidad.

Además, mi país reafirma una vez más su más profundo compromiso con la democracia y el respeto a los derechos humanos de todas las personas, desde su concepción hasta su muerte natural, en todo tiempo, en todo lugar y en toda circunstancia, así también como nuestro permanente apoyo al multilateralismo y también un regionalismo abierto, una competencia económica leal y constructiva entre todos nuestros países.

En este sentido, reiteramos nuestro llamado no sólo a terminar con la proliferación de las armas nucleares y de destrucción masiva, sino también avanzar hacia el desmantelamiento de las armas que ya existen. Y también condenamos enérgicamente el uso de estas armas químicas en Siria, así como el uso de la fuerza indiscriminada en contra de su población civil, que a la fecha ha causado decenas de millares de víctimas inocentes, incluidas mujeres y niños, además de una grave crisis humanitaria que sin duda hieren la conciencia universal y, además, amenazan seriamente la paz y la seguridad internacional.

Por lo mismo, agradecemos y respaldamos decididamente el Acuerdo Marco para la Eliminación de las Armas Químicas en Siria, suscrito recientemente por Estados Unidos y Rusia, así como los esfuerzos desplegados por el Secretario General de esta Organización y el enviado especial de Naciones Unidas y el de la Liga Árabe, para alcanzar cuanto antes una solución pacífica y definitiva a este conflicto armado que ya se extiende por demasiado tiempo.

En esta misma línea, Chile siempre ha defendido y seguirá defendiendo la causa y los derechos del pueblo palestino a tener un Estado pleno, libre y democrático. Un Estado que, al igual que el Estado de Israel, goce de fronteras acordadas, reconocidas y seguras con todos sus vecinos y que permitan a sus habitantes vivir y desarrollarse en una paz y una seguridad estable y duradera.

Por eso reconocimos a Palestina como miembro observador de Naciones Unidas y esperamos muy pronto poder darle la bienvenida como miembro pleno de esta Organización.

En el campo regional, el año pasado Chile ratificó el compromiso con la democracia que es propio de los países que conforman la Unión de Naciones del Sur -UNASUR-, y esperamos su entrada en vigencia en el menor plazo posible. Y hemos reiterado nuestro compromiso con la Carta Democrática Interamericana, y no nos cansaremos de abogar por la causa de la democracia, la libertad y el respeto irrestricto de los derechos humanos en todos los países de nuestro continente y del mundo entero.

Además, a Chile le correspondió ejercer la Presidencia Pro Témpore y servir de anfitrión de la primera Cumbre de los 33 Estados Latinoamericanos y del Caribe, CELAC, oportunidad en la que suscribimos la “Declaración de Santiago”, en que la región completa expresó su compromiso con los valores democráticos y el respeto a los derechos humanos.

También nos tocó encabezar la primera cumbre conjunta entre Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina y el Caribe, y Jefes de Estado y de Gobierno de Europa, encuentro en que las naciones de ambos lados del Océano Atlántico nos comprometimos a avanzar en políticas de desarrollo sustentable, promoviendo inversiones de calidad tanto en lo social como en lo ambiental.

Y en el campo social, y aun cuando faltan dos años para el cumplimiento del plazo estipulado para las metas del Milenio, con profunda satisfacción podemos comprobar que Chile ha alcanzado prácticamente todos los Objetivos de Desarrollo del Milenio trazados por esta Organización el año 2000. Y seguiremos redoblando nuestros esfuerzos para seguir cumpliendo estas metas y colaborando también para que otros países que han requerido nuestra ayuda, puedan también alcanzarlas, y también participando activamente en la definición, al interior de Naciones Unidas, de una nueva Agenda Global de Desarrollo Sostenible a partir del año 2015, que le dé continuidad a las Metas del Milenio y que establezca, a través de responsabilidades concretas, medibles, audaces y factibles, tanto para los países desarrollados como para los en vías de desarrollo, esas metas, y con un cuidado muy especial por compatibilizar el desarrollo económico con el desarrollo social y la protección del medioambiente.

También a Chile le tocó ser parte, junto a México, Colombia y Perú, de la formación de la Alianza del Pacífico, una de las iniciativas más profundas de integración en nuestra región, que impulsa un área de libre circulación no solamente de bienes, servicios y capitales, sino que también de personas, permitiendo así mayores tasas de crecimiento y desarrollo, y mayores oportunidades para nuestros países y para nuestros pueblos.

Con mucha satisfacción vemos que hoy día esta Alianza del Pacífico, que representa una población de más de 210 millones de personas, un tercio del Producto Interno Bruto del continente latinoamericano y más de la mitad de su comercio exterior, ya muestra, a pesar de su juventud, importantes logros que han captado el interés de la comunidad internacional, lo cual queda en evidencia al constatar que ya tiene más de 20 observadores, entre los cuales se cuentan países como Canadá, Australia, España, China, Estados Unidos y Japón.

Finalmente, quisiera también destacar la reciente aprobación por parte del Congreso Nacional de mi país, de la ley enviada por este Gobierno que elimina los aranceles para las importaciones de bienes provenientes de los Países Menos Adelantados, según la definición que de ellos ha hecho Naciones Unidas, lo que representa una importante muestra de compromiso y solidaridad del pueblo chileno con el desarrollo de más de 50 países en continentes como África, Asia, América Latina y el Caribe.

Señor Presidente:

Hace pocos días los chilenos conmemoramos el cuadragésimo aniversario del quiebre más profundo y duradero que haya sufrido nuestra democracia en nuestros dos siglos de vida independiente, y que se explicó por una época marcada por los odios, las divisiones y los proyectos excluyentes, no sólo en Chile, sino que en un mundo fraccionado por la guerra fría. Pero en pocos días más, el 5 de octubre, los chilenos también conmemoraremos otro aniversario, el vigésimo quinto del inicio de la recuperación pacífica de nuestra democracia por voluntad libre y soberana de una amplia mayoría de chilenos y que nos permitió recuperar nuestra democracia en forma sabia, en forma pacífica y con el concurso y acuerdo de todos los sectores de nuestro país.

De ambas experiencias, los chilenos aprendimos lecciones que hoy día quisiera compartir con ustedes, porque creo humildemente que pueden aportar luces para resolver conflictos que hoy día sacuden a otras naciones del mundo.

La primera, admitir sin reservas de ninguna naturaleza, que aún en situaciones extremas, incluida la guerra externa o interna, existen normas morales y jurídicas que deben ser respetadas por todos y que nunca pueden ser pasadas a llevar, puesto que ello significaría caer en un grave e inaceptable vacío moral. Y entre estas normas está el respeto irrestricto de los derechos humanos de todos, en todo tiempo, en todo lugar y en toda circunstancia.

La segunda, que la democracia, la paz y la amistad cívica son valores más frágiles de lo que solemos creer, por lo que jamás debemos darlos por garantizados. Son como un árbol que requiere una permanente irrigación y abono para permitir que se siga desarrollando. Y ese cuidado ha de darse no solamente en los actos, sino que también en las palabras, en los gestos, en las formas que deben ser puestas al servicio de la verdad, la justicia, la reconciliación y la paz.

La tercera lección es que existe una muy estrecha relación entre la calidad de la democracia, el progreso económico y la justicia social, puesto que todas ellas se retroalimentan y se potencian mutuamente, y basta con que una de ellas falle para que inevitablemente más temprano que tarde termine debilitando a todas las demás.

Nuestro desafío, en consecuencia, consiste no sólo en fortalecer nuestras instituciones democráticas, sino que también en promover políticas económicas y sociales fundadas en la libertad, la responsabilidad, la justicia, la igualdad de oportunidades y la lucha contra la pobreza, en base a la unión de fuerzas tanto de la iniciativa privada como la de la iniciativa del Gobierno, y el respeto de los derechos fundamentales, porque ellas son las principales fuentes de desarrollo de nuestras naciones y pueblos.

Y la cuarta lección que aprendimos en nuestro país, es que el pasado ya está escrito, podemos discutirlo, interpretarlo y, por cierto, recordarlo, pero no podemos cambiarlo. En consecuencia, no tenemos derecho a permanecer prisioneros del pasado, porque cuando el presente se queda anclado en el pasado, el único que pierde es el futuro.

Por eso nuestra generación, la generación que le tocó celebrar el bicentenario de nuestro país, no tiene derecho a legar a las generaciones futuras los mismos odios, querellas y divisiones que tanto daño y sufrimiento causaron hace ya 40 años.

El desafío, en consecuencia, no es olvidar, sino superar el pasado con una disposición nueva, positiva, cargada de esperanza y buscando aprender de las experiencias del pasado para evitar cometer los mismos errores, para iluminar los caminos del futuro y para poder enfrentar con mayor voluntad y eficacia los problemas y también las oportunidades del presente y del futuro.

Esas y otras lecciones que Chile aprendió con dolor, nos permitieron recuperar pacíficamente nuestra democracia y avanzar durante los últimos 25 años por los caminos de la verdad, la justicia y la reconciliación entre todos los chilenos.

Pero esa fue una transición antigua, que ya la hicimos, y yo creo que la hicimos bien. Hoy los chilenos enfrentamos una nueva transición, joven, que tiene su vista fijada no en el pasado, sino que en el futuro, una transición que nos permitirá, antes de que termine esta década, transformar a Chile en un país desarrollado, sin pobreza, plenamente integrado a la comunidad de países democráticos y desarrollados del mundo.

Esos fueron los compromisos que el Gobierno que tengo el honor de encabezar asumió con todos los chilenos hace casi cuatro años. Y nos da gran satisfacción observar el sólido y sostenido avance que muestra Chile hacia el cumplimiento de esos compromisos.

Porque a pesar del devastador terremoto y maremoto que nos golpeó el año 2010, y que entonces fue el quinto peor terremoto o maremoto en la historia conocida de la humanidad, a pesar de la crisis económica mundial, que comenzó el año 2008 y aún no termina, Chile ha recuperado su liderazgo y su dinamismo, ha recuperado su capacidad de crecer y crear empleos con fuerza. Por ejemplo, nuestro Producto Interno Bruto, que hace 4 años rondaba los 15.000 dólares, hoy día ya alcanzó los 20.000 per cápita. La pobreza y las desigualdades están disminuyendo, los salarios reales están aumentando con vigor. Y todas las mediciones muestran que en factores claves como la calidad de la educación y la salud estamos avanzando en la dirección correcta, estimulando más la innovación y el emprendimiento y protegiendo mejor a nuestros consumidores y trabajadores y al medio ambiente y la naturaleza. Y junto con todo ello, hemos logrado reconstruir más del 90% de todo aquello que el terremoto y maremoto destruyeron.

Por cierto, nuestro Gobierno se siente contento y orgulloso de la contribución que sus políticas han hecho para alcanzar estos objetivos, pero no tenemos ninguna duda que el gran mérito corresponde a todas y todos los chilenos y chilenas que han hecho un tremendo aporte para lograr estas metas.

Porque si hay algo que en Chile hemos aprendido es que para crecer y reducir la pobreza y las desigualdades excesivas, no hay nada más efectivo que confiar en las capacidades de las propias personas, que expandir sus libertades y que desatar las fuerzas de la imaginación, la creatividad, la innovación y el emprendimiento que anidan en cada uno de mis compatriotas y que estoy seguro también viven en el corazón de todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.

Éstas son, señor Presidente, algunas reflexiones y lecciones que este Presidente de Chile, pero también ciudadano del mundo, como todos quienes lo habitamos, ha querido compartir con los Jefes de Estado y de Gobierno. Son lecciones y reflexiones de un país quizás pequeño en el contexto internacional y lejano desde el punto de vista del mapa del mundo, pero que hoy goza, con el esfuerzo de todos, de una democracia estable y consolidada, de libertades públicas amplias y garantizadas y de un sistema económico que luego de dos siglos de vida republicana, finalmente nos tiene a las puertas del desarrollo.

Muchas gracias”.